Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

15.3.07

La puerta cerrada

Ayer me descargué el último documento que ha publicado nuestro Santo Padre Benedicto XVI, la Exhortación Apostólica "Sacramentum caritatis". Lo imprimí y ya lo estoy leyendo. Voy haciéndolo poco a poco, saboreando los sólidos razonamientos de su Santidad, que siempre son un gozo tanto para el espíritu como para el intelecto. Cada vez aprecio más a este Papa, y me adhiero plenamente a él cada día en la oración y en la acción. Con esto último me refiero a que muchas veces me toca hacer frente de palabra a los numerosos ataques de que es objeto en mi entorno, lo cual me ocasiona no pocos sinsabores. Los católicos debemos estar unidos al Vicario de Cristo formando una piña y pidiendo por él al Señor con frecuencia. Su tarea comporta un sinfín de dificultades y requiere de la actuación del Espíritu Santo en todo momento, para que le ayude tanto a discernir el camino por el que ha de llevar a la "barca de Pedro", como a seguir firme al frente del "rebaño" que Jesús le ha encomendado. Desde hace ya algún tiempo, he adquirido la costumbre de rezar unas oraciones muy breves nada más levantarme: un saludo cariñoso al Señor (simplemente darle los buenos días, igual que haría con mi padre terrenal), un ofrecimiento de obras a Él (solicitando el auxilio de la Virgen María) y una petición por el Santo Padre. Desde aquí quisiera animar a los lectores a tener presente al Papa en cada jornada, apoyándolo decididamente y uniéndonos a él en la oración.

En lo que llevo leído de la "Sacramentum caritatis", me ha llamado la atención el párrafo que trata de la escasez del clero (punto 25). El texto dice así: "a propósito del vínculo entre el sacramento del Orden y la Eucaristía, el Sínodo se ha detenido sobre la preocupación que ocasiona en muchas diócesis la escasez de sacerdotes. Esto ocurre no sólo en algunas zonas de primera evangelización, sino también en muchos países de larga tradición cristiana. Ciertamente, una distribución del clero más ecuánime favorecería la solución del problema. Es preciso, además, hacer un trabajo de sensibilización capilar. Los Obispos han de implicar a los Institutos de Vida Consagrada y a las nuevas realidades eclesiales en las necesidades pastorales, respetando su propio carisma, y pidan a todos los miembros del clero una mayor disponibilidad para servir a la Iglesia allí dónde sea necesario, aunque comporte sacrificio." Estoy plenamente de acuerdo con las palabras del Papa. De hecho, es algo en lo que he pensado en numerosas ocasiones, especialmente el 27 de mayo de 2006, domingo de la Ascensión del Señor, ya que ese día me ocurrió algo que me entristeció profundamente y que pasaré a relatar a continuación:

La celebración de la Solemnidad de la subida de Jesús a los cielos me halló lejos de mis tierras salmantinas, en concreto en un bello pueblecito de Almería llamado Mojácar. Había llegado la tarde anterior, tras un periplo escandalosamente largo y complicado que comprendió tren, avión y coche (de una amiga; si hubiese sido el mío, hubiera podido poner remedio a la situación en que me encontré horas más tarde). Como soy consciente de que en muchas localidades de pequeño tamaño algunas veces no se puede celebrar todas las semanas ni tan siquiera la misa dominical porque no hay suficientes sacerdotes que se repartan las parroquias rurales, por la noche me acerqué a la iglesia para ver si había colgado algún cartel en el exterior que avisara de algún cambio en el horario habitual. De esa manera, me podría organizar para tomar un autobús o un taxi hasta el lugar más cercano en que pudiera asistir a la Eucaristía. Al llegar al templo, vi que no había nada que hiciera pensar que no fuera a tener lugar la misa del día siguiente (en ese pueblo sólo la hay los domingos y días de precepto), así que me fui confiada, pensando que no iba a tener ningún problema con el asunto. ¡Cuál sería mi sorpresa cuando al mediodía siguiente un grupito de unas veinte personas y yo recibíamos la noticia, gritada desde el balcón de una casa vecina, de que el cura no acudiría porque tenía que celebrar primeras comuniones en otras localidades! Al parecer, lo había anunciado ya el domingo anterior (algo muy útil para los que viven en la zona y acuden regularmente a la parroquia, pero no para los numerosos turistas que visitan el hermoso reducto almeriense). Para colmo de males, la mujer que nos informó lo hizo cuando llevábamos media hora esperando a la puerta de la iglesia, y se nos había hecho ya tan tarde, que no llegábamos ni de casualidad a ninguna misa de los alrededores, y menos no disponiendo de coche propio (Mojácar pueblo está situado en la cima de una colina de difícil acceso para el que no va en vehículo particular). Así pues, me volví al lugar en que estaba alojada con pena y preguntándome cómo era posible que se descuidara tanto la atención pastoral que no se avisara de esos cambios con suficiente tiempo como para planificar de otra manera el domingo (se podía, incluso, haber hecho una "Celebración de la Palabra" dirigida por un laico, en la que se hubiera comulgado con las formas consagradas que hubiera reservadas en el Sagrario). Al día siguiente, coincidí por casualidad en mi vuelo de regreso con el Obispo de Almería, D. Adolfo González Montes, al que reconocí por la enorme cruz que llevaba sobre el pecho, y aproveché para contarle lo que había sucedido y enterarme del por qué del suceso. Por lo visto, la celebración de primeras comuniones no era lo único que había motivado la ausencia del cura, sino el que uno de los escasísimos párrocos de la zona se había puesto enfermo y, claro, el resto había tenido que repartirse por donde habían podido. Le conté que, según la versión de la vecina que nos había hablado desde su balcón, parecía ser que el cambio se había anunciado de palabra a los asistentes a la anterior misa dominical, así que no era algo tan repentino que justificara el que no se hubiera colocado un cartel explicativo a la puerta de la iglesia. El Obispo mostró su sorpresa y coincidió conmigo en que eso hubiera debido solucionarse de otra manera. No sé si mi llamada de atención servirá para que no se vuelva a repetir algo así. Lo comprobaré dentro de un mes, cuando me toque pasar otro fin de semana en Mojácar: esta vez me llevaré mi propio coche, por si tengo que salir disparada a otro pueblo a oír misa. Además, el domingo en que estaré allí es la Fiesta de la Divina Misericordia, y me niego a quedarme "compuesta y sin Eucaristía", ya que es un día muy especial para mí por los motivos que ya he explicado suficientemente en otras entradas de esta bitácora.

Cuando echo un vistazo a los horarios de misas que hay en las capitales de provincias españolas y los comparo con la raquítica frecuencia de celebraciones eucarísticas de zonas rurales, me pregunto si no sería posible hacer las cosas de otra manera. Hoy, el párrafo de Benedicto XVI que he citado antes me ha hecho confirmarme en una opinión que me lleva tiempo rondando en la cabeza: el clero está pésimamente distribuido por nuestra geografía. ¿Cómo es posible que en una ciudad como Salamanca haya varias misas a la vez (incluso a diario) cada media hora a una distancia de pocos centenares de metros la unas de las otras, mientras que en algunos pueblos de la sierra no tienen siquiera una cada domingo? Sé de esforzados párrocos que tienen que hacerse cargo de hasta seis (!) localidades, corriendo heroicamente de una a otra para llegar a tiempo a la siguiente misa, cuando en la ciudad se concelebra en no pocas ocasiones. ¿No sería posible remediar esto? Por supuesto que eso comporta, como dice el Papa, sacrificio, pero creo que cualquiera de nuestros sacerdotes no tendría el menor reparo (si sus fuerzas y su edad se lo permiten) en ofrecerle eso al Señor. A fin de cuentas, los pueblos de la sierra salmantina (o de la segoviana, que están en la misma situación) no se hallan en medio de una intrincada selva, con accesos impracticables por las lluvias o la vegetación, ni en medio de un desierto como el del Sáhara. Son lugares a los que llegan las carreteras (estrechas, eso sí, pero asfaltadas, a fin de cuentas), con luz y agua corriente y casi todas las facilidades de la vida moderna. Hoy en día hay coches en los que el cura se puede desplazar (si éste no dispone de vehículo propio, seguro que se le puede proporcionar un medio alternativo de transporte, como por ejemplo el automóvil de un feligrés que acuda a buscarlo; sobre los autobuses y trenes en esas zonas habría mucho, y por desgracia no bueno, que decir). Mi deseo con esta entrada de hoy es la de concienciar a los responsables del clero, tanto diocesano como regular, acerca de lo urgente que es reajustar las actividades pastorales a la realidad de la distribución geográfica de los fieles. También pido desde aquí a los laicos que colaboren, en la medida de sus posibilidades, con los sacerdotes para que la Eucaristía pueda llegar con frecuencia hasta el último rincón en que haya un creyente que desee recibirla. Esta colaboración se puede realizar, por ejemplo, organizando un servicio de transporte en coche compartido para llevar a aquellos fieles o sacerdotes que no puedan acceder de otro modo a las iglesias. También sería conveniente que una o varias personas se encargaran de la preparación del altar y de los diversos objetos necesarios para el culto. En los casos extremos en que no sea posible tener una Eucaristía todos los domingos, un laico podría presidir una Celebración de la Palabra, como ya he expuesto antes, para lo cual sería bueno que algunos voluntarios se formaran para desempeñar esa tarea de la manera adecuada. No obstante, esta última solución sólo debería darse excepcionalmente, ya que se ha de tratar por todos los medios de tener una misa en el día del Señor. Tratemos todos de poner nuestro granito de arena y de pensar con lógica, y seremos mucho más eficaces en nuestra pastoral, de modo que el hermano que busca al Señor y que acude para ello a la iglesia nunca se encuentre, como yo en Mojácar, con la puerta cerrada.

"Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo" (Salmo 26).

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