Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

30.3.07

La revolución silenciosa

Desde mis años de adolescencia sostengo una teoría que a veces denomino "de la revolución silenciosa". Ésta consiste en lo que a continuación expongo: cada uno de nosotros tiene un círculo de personas (familia, amistades, compañeros de trabajo, vecinos, etc.) con las que se relaciona a diario. Pues bien, si uno consigue, con su comportamiento y su palabra, influir en todos ellos inculcándoles el gusto por hacer el bien, éstos tenderán a hacer exactamente lo mismo con los que los rodeen. De este modo, la sociedad se irá transformando poco a poco desde su base y se producirá la revolución más grande jamás vista.

Estos sueños de quinceañera siguen teniendo actualidad para mí, pero han sufrido un cambio sustancial en la esencia del procedimiento. Sigo manteniendo que es posible cambiar el mundo con esta actitud, pero hace algún tiempo que veo muy claro que en mi receta faltaba el ingrediente principal: Dios. Él es el que realiza esa obra, no nosotros, que somos meros instrumentos suyos (¡qué honor tan grande!). Aunque el hombre actúe movido por los deseos más nobles, éstos enseguida se ven contaminados por su debilidad, su egoísmo, su inconstancia, su deseo de venganza y un sinfín de tendencias negativas que todos conocemos porque las encerramos en nuestro interior. Si el Señor no purifica todos y cada uno de nuestros pensamientos, actos y deseos, la dureza de nuestros corazones acabará por corroerlos y hacer inútiles o, en el mejor de los casos, poco eficaces nuestros esfuerzos.

Como carmelita seglar que soy, tengo el deber de ser la "levadura que haga fermentar la masa". Con mi oración puedo contribuir a acercar al Señor a aquellos que me rodean, algo que comparto con las otras dos ramas de la Orden, frailes y monjas. Pero, además, dispongo de otra arma muy particular, que es exclusiva de los terciarios: como laica llego a estratos de la sociedad que a los religiosos les están prácticamente vedados. Paso inadvertida en los ambientes más secularizados, pudiendo así infiltrarme en ellos y dedicarme tranquilamente a proclamar la Buena Nueva de palabra y de obra. Así encarno en mi vida el triple carisma del Carmelo Seglar: contemplativo, laical y apostólico. Hay gente llamada a abandonar su entorno para irse de misiones, pero yo veo claro que mi ámbito de evangelización está aquí mismo, en mi familia, en mi trabajo, en mi círculo de amigos o en estos mundos virtuales de Internet. Doy gracias al Señor por haberme llamado desempeñar esta tarea y por darme a diario la fuerza necesaria para realizarla.

Como los lectores de esta bitácora recordarán, mi puesto de trabajo habitual es el de profesora en un conservatorio. La mayor parte de mis clases son individuales, es decir, el alumno y yo estamos solos en el aula, lo que da lugar a que entre los dos se establezca una relación muy especial, que en muchos casos sienta las bases de una amistad que perdura largo tiempo. Además, esta peculiar situación, única en toda la enseñanza de nivel universitario, proporciona un marco inigualable para que el discípulo abra su corazón al maestro cuando algo le preocupa. Si bien opino que este último debe mantener una postura que evite el entrometimiento en la vida de aquel, considero que, cuando el estudiante lo necesita de verdad, el docente debe estar disponible para él y darle su apoyo escuchándolo, dándole consejo y, sobre todo, ofreciéndole su cariño. Nuestra tarea no consiste sólo en formar músicos, sino en ayudar a que estos jóvenes se desarrollen en plenitud en lo humano. Y es aquí donde me encuentro en una posición privilegiada para poner en práctica mi teoría de la "revolución (cristiana) silenciosa". Por experiencia sé que el profesor de instrumento tiene una enorme influencia sobre sus alumnos, y que ésta puede llevarlo a lo mejor y a lo peor. Procuro, en la medida de lo posible, que mi clase tienda a lo primero y huya de lo segundo. Intento hablar con ellos inculcándoles valores, haciéndoles recapacitar sobre lo inadecuado de ciertas actitudes y dándoles un estímulo para que abran su alma a todo lo bueno y bello.

En mi ambiente laboral, la inmensa mayoría de la gente es, como poco, agnóstica. Muchos de los chicos expresan su anhelo de hallar la verdad, de adherirse a ese Algo que sostenga sus vidas y los saque de ese aparente sinsentido que es la existencia. Vienen a mí planteándome sus problemas, sus inquietudes, desahogándose de sus penas y casi suplicándome que les proporcione una lámpara que les ayude a seguir caminando por estos mundos de tinieblas. ¿Y qué hago yo entonces? Intento darles lo que me piden, mientras respeto sus creencias o, más bien, su falta de ellas. Pero cada vez me percato con más claridad de que me resulta imposible darles un consejo sin hablarles de Dios. ¿Cómo podría iluminar sus sendas, si no les muestro a Aquel que es la fuente de toda luz? ¿Cómo hablarles de la imperiosa necesidad de amar al prójimo, con todo lo que eso implica, sin mencionar a Jesucristo?

Hace unos días conversaba con un alumno atribulado sobre la diferencia entre el falso y el verdadero amor, y no pude por menos que echar mano del precioso texto de 1 Co 13, 4-7: "el amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites." Al comentar cada uno de los puntos de esta lectura paulina, el chico me hacía ver que a él le parecía imposible llegar a hacer suya esa actitud de entrega a los demás que nos lleva a dar sin esperar a recibir nada a cambio, o incluso a mantenernos en esa postura aun cuando sabemos que nuestra paga van a ser desprecios e injurias. Entonces yo le señalé que, en efecto, eso está por encima de la capacidad del ser humano, pero que este último lo puede todo si deja que el Señor actúe en él. Le hablé de la gracia, de la unión con Dios, del poder de la oración, de cómo Jesús se entregó por nosotros y de otras muchas cosas por el estilo. Mi alumno manifestó su anhelo por poder llegar un día a creer en algo así, aunque por ahora eso le parecía lejano. También me contó que experimentaba una sensación interna de felicidad cuando hacía el bien y cuando veía a alguien contento a causa de algún gesto suyo. En mi opinión, lo que este joven siente por el momento muestra indicios muy positivos para su desarrollo personal futuro, y confío en que el Altísimo plantará la semilla de la fe en su campo en el tiempo y de la forma que sólo Él conoce. Pero, para que la simiente prenda y pueda nacer de ella una planta que de buenos frutos, la tierra ha de estar bien preparada, y eso es lo que trato de hacer yo: ser el arado que, manejado con pericia por la mano del Señor de la mies, abra los surcos que han de recibir la siembra.

Arrojemos de nuestros corazones el temor a fracasar, a ser rechazados en nuestro papel de "Juan Bautista", a sufrir represalias por anunciar el Evangelio o a ser el blanco de las burlas de los que nos rodean por declararnos seguidores de Cristo. No nos cerremos a aquellos que nos piden ayuda espiritual porque no queramos complicarnos la vida o porque nuestro tiempo escasee. Impliquémonos en la transformación del mundo desde su misma raíz, sin acomodarnos esperando a que lo hagan otros o a que venga un líder que asuma esta tarea. Pidamos a Dios que nos dé fuerzas e inteligencia para servirle cada día mejor en este campo y, sobre todo, confiemos en Él, que nunca nos dejará solos ante las dificultades con que nos encontremos.

"¡Ay de mí si no evangelizare!" (1 Co 9, 16).

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